Acerca de un material medicinal boliviano de edad
Tiahuanaco Clásico y el estudio de antiguas muestras de rapé

Henry S. Wassén

in AA.VV., 1979, Simposio Internazionale sulla Medicina Indigena
e Popolare dell’America Latina, IILA, Roma, pp. 178-189

[179] El carácter del material arqueológico boliviano del período Tiahuanaco clásico que publiqué en el tomo 32 de la serie Etnologiska Studier del Museo Etnográfico de Gotemburgo (Wassén, 1972) nos da, sin duda, derecho de considerarlo como equipo de un curandero indígena que, durante el siglo VI de la era cristiana, recibió su última morada en Niño Korin o, mejor dicho, en Calliicho, Cantón Chullina, Provincia Bautista Saavedra en el Departamento de La Paz.

La colección en el Museo Etnográfico de Gotemburgo (Cat. No. 70.19.) contiene, entre otras cosas, tabletas de madera para insuflar narcótico, un tubo de caña de bambú para absorber por vía nasal, un mortero pequeño de madera con sus manos de madera y de hueso, un porro de Lagenaria vulgaris probablemente destinado como depósito de polvo, varías cucharillas de madera y de hueso, unas jeringas, un tupu de cobre casi puro, una boleadora de tres bolas de piedra forradas de cuero, unas canastas con motivos decorativos, varios tubos de bambú de los cuales algunos son tapados, unos fragmentos dc tejido, un cráneo con tres trepanaciones intra vitam, un recipiente de la fruta Cariniana decandra Ducke tapado con piel del mono aullador, unos saquitos de piel y cuero y, al fin, unas bolsas tejidas con bordaduras.

[180] Entre los detalles más interesantes se destacan un material vegetal macerado y varias hojas. El material macerado encontrado en un saco de piel (Col. No. 70.19.9 a-b) ha sido botánicamente determinado por el Dr. W. Bondeson de Estocolmo como una raza temprana de Nicotiana (Bondeson, 1972). Reçientemente ha sido posible analizar químicamente la nicotina en el mismo tabaco, probablemente el más antiguo, hasta ahora conócido, en la América del Sur (Bruhn, Holmstedt, Lindgren y Wassén, 1977). Además, fue posible determinar varios paquetes de hojas, encontradas en algunas bolsas tejidas, como hojas de Ilex guayusa Loes, todavía conteniendo cafeína (Wassén, 1972: 18-21; Schultes, 1972; Holmstedt y Lindgren, 1972).

Es evidente del hallazgo que las hojas de Guayusa, intrincadamente envueltas unas con otras en forma de paquetes para ser llevadas en las bolsas, han sido de suma importancia para el dueño. Sabemos, según una información del misionero Franz Xavier Veigl (1785), que los indios Pinche del río Pastaza, alejándose de sus casas por unos días, llevaban consigo sus guayuceros y hojas de Guayusa, las últimas colgadas alrededor del cuello. Sabemos también que todavía se venden en los mercados de Pasto en Colombia y Baños en Ecuador hojas de Guayusa en forma de coronas o paquetes (v. Wassén, 1972: 19); en ambos casos como medicina antiespasmódica. Schultes (1972: 117) ha discutido la posibilidad de un uso de Guayusa como rapé o enema en Bolivia, como «rectal administration of tobacco and Anadenanthera is widespread in South America ».

En la colección de Niño Korin en el Museo Tiahuanaco de La Paz había en 1970 una hoja de willca o willca-willca, bajo el nombre botánico de Piptadenia grata que, sin embargo, ya no debe ser aceptado (v. Wassén, 1972: 11).

Para repetir, supongo que el equipo medicinal de Bolivia, descrito por mí y otros autores en el libro de 1972, perteneció a un curandero indígena. El muy intrincado modo de guardar las hojas y el tabaco macerado lleva a creer que el curandero durante su vida tenía relaciones profesionales de lejos y que alguna clase de los «doctores viajeros», los callahuayas (o, según La Barre 1948: 217, collawayus de q’ola, "medicina" y wayu "clase de bolsa") tal vez existió ya durante el Tiahuanaco clásico. No lo sabemos, pero como hice en el libro de 1972, quiero discutir brevemente el [181] asunto aquí también, ya que el problema de la antigüedad del sistema callahuaya es interesante. Ahora los callahuayas están concentrados en pueblos cercanos a Niño Korin como Charazani y Curva en la parte occidental del departamento de La Paz.

En el siglo XVII Martín de Murúa (1964: 101-102) escribió que «el día de oy se a yntrodusido un abominable modo de curar todo fundado en subpestición (sic) y hechizería, y es que se andan de pueblo en pueblo yndios médicos, a los quales ellos entre sí llaman licenciados, porque como ben que entre los sacerdotes, y aún seglares, se tiene más respeto a los que se llamaban licenciados y dotores (sic) y son tenidos por más sabios que los demás, y se les hazen preguntas en las dudas que se ofrezen, ansí ellos a los yndios que usan el oficio de médico, por pareselles que saben más que los otros, les dan este nombre». Parece entonces que Murúa consideraba el sistema de «yndios médicos» ambulantes como algo nuevo. Sabemos, sin embargo, que tanto Guamán Poma de Ayala como Francisco de Avila mencionan callahuayas como prestando servicios especiales al Inca reinante. En su Nueva Corónica y Buen Gobierno, Felipe Guamán Poma de Ayala tiene un dibujo (fol. 331) con el texto «Andas del Inga, Qvispi-Ranpa (es decir, andas de brillantes) topa ynga yupanqui mama ocllo-coya llevan al ynga yn°s los callauaya espacio apasearse». En su obra Cultura Callawaya, Oblitas Poblete (1963: 471) comenta el texto al decir: «Este dibujo constituye una prueba elocuente de la preferencia que se les dispensaba a los callawayas, de portar en sus hombros nada menos que a aquellos personajes divinos, lo que en buen romance quiere decir que eran los familiares de mayor confianza». Opina también que los callahuayas «gozaban de ciertas preferencias y privilegios entre los familiares del Inca», que no «solamente se ocupaban de curar las enfermedades de los Incas», sino que también practicaban ciertos cargos ceremoniales y sobre todo «que el idioma de los callawayas es el mismo que el sagrado de los Incas» (op. cit., págs. 470-471). Francisco de Avila que, a principios del siglo XVII, escribió acerca de la provincia de Huarochiri, da referencia a «unos hombres que se llamaban Callahuaya» como «los más escogidos del Inca y únicamente a él le servían» y que «estos hombres vencían en pocos días distancias que requerían muchos más días para el caminar de otras gentes» (Avila, 1966: 133). Aquí no se trata de curar.

[182] En su obra Tunupa y Ekako el boliviano Carlos Ponce Sangínés (1969) ha tratado el problema en un modo crítico al acentuar que el «conceptuar a los kallawayas como una exclusiva pervivencia del pasado indígena en el aspecto cultural, sería adoptar una posición errónea» (p. 146). Desde sus «localidades de la provincia Bautista Saavedra, emprenden sus largas peregrinaciones los «doctores viajeros» (p. 146). «Se van acercando a la cultura criolla paulatinamente», pero «sin embargo, cuentan todavía con fuertes componentes indígenas y en su correcta función. Este factor prevalece en la medicina kallawaya, fitoterapia y prácticas mágicas, aunque se encuentran también elementos foráneos» (op. cit., p. 146).

El Inca Garcilaso de la Vega habla en sus Comentarios Reales (tomo 1, p. 116, Buenos Aires 1943) de «grandes hervolarios, que les huyo muy famosos en tiempo de los Incas, que conocían la virtud de muchas yervas y por tradición las enseñavan a sus hijos, y éstos eran tenidos por médicos, no para curar a todos, sino a los Reyes y a los de su sangre y a los curacas y a sus parientes». No menciona especialmente a los callahuayas; y Ponce Sanginés lo considera «en verdad extraño que los cronistas coloniales no hagan ninguna cita acerca de los trashumantes kallawayas» (op. cit., p. 147). «Incurrieron los cronistas en una omisión incomprensible o por el contrario recién en el transcurso del dominio español consiguieron (los callahuayas) reputación y nombradía como curanderos?» (op. cit., p. 148). Acerca del texto de la página 331 de Guamán Poma de Ayala, hace constar que «es patente que alude a los íncolas de Carabaya» (p. 148), «nombre que por extensión se habría aplicado al territorio de la actual provincia boliviana de Bautista Saavedra» (p. 150). Acerca de la lengua, el autor boliviano htace constar que en las aldeas callahuayas predomina el quichua pero, «por otro lado, los herbolarios kallawayas viandantes emplean entre sí un lenguaje secreto, que les sirve de medio de identificación cuando se encuentran ejercitando sus andanzas en pos de clientes» (p. 148). Esta lengua lexicográficamente «permite percibir un estrecho parentesco con los vocablos de la lengua pukina» al presente extinguida), «aunque la estructura gramatical está prestada del kechwa. Se evidencia entonces que una antigua lengua, sea la misma pukina o una forma dialectal de ella, ha perdurado, convirtiéndose en secreta y propia de los kallawayas» (p. 148). Finalmente, en la página 147 de la obra aquí citada, Ponce Sanginés [183] subraya que «por lo anotado, se desprende la imperativa necesidad de contar con una investigación imparcial en torno a los kallawayas», – «encarada con sentido profesional y desprovista de exageraciones de cualquier índole».

¡De acuerdo! Sin embargo, en cuanto al equipo del curandero de la época tiahuanacoide de Calliicho, ¿sería éste un callahuaya? No sabemos. ¿Estaba vendiendo en los Hampi-Catu o mercados ambulantes, o no lo estaba? No sabemos. Lo que sí podemos concluir de su excelente y variado equipo es que, sin duda, ejercía una profesión medicinal, a la vez que tenía estrechas relaciones herbolarias.

2.
En el hallazgo de Bolivia tratado aquí habían varios tubos de materia vegetal, unos saquitos de piel y cuero y, además, una fruta tapada; estos objetos contenían cantidades mínimas de polvos. Estos polvos o restos de polvos fueron examinados en la Institución de toxicología del Instituto Carolino de Estocolmo, pero todos se probaron desprovistos de alcaloides (Wassén, 1972: 39, 40, 42 y 43). En el informe de Holmstedt y Lindgren se dice (1972: 142): «We do not know the origin of the various powders analyzed. Regardless of their origin it is not surprising that the greater surface area of the powders after such a long time should have caused the destruction of any alkaloids present».

En la continuación, quiero en esta ponencia pasar breve revista a unos hallazgos de parafernalia y polvos de rapé que se han efectuado en sitios arqueológicos. A la vez, voy a referirme a los experimentos a que fueron sometidos estos últimos y a las precauciones que hay que tomar para lograr una mejor conservación de las muestras que se hallen en el futuro.

En 1963 el Dr. Fredenic Engel de Lima publicó su hallazgo arqueológico que él habla efectuado en la tumba 47 del sitio precerámico de Asia; un sitio que se encuentra ubicado en la zona de drenaje del río Omas, a 110 kms hacia el sur de Lima y muy cerca de la comunidad indígena del mismo nombre (Engel, 1963: 3 y 5).

El ajuar de la tumba 47 es particularmenté interesante porque incluía un tubo y una tableta de hueso de ballena y, probablemente, [184] una muestra de los polvos de rapé que se aspiraban por medio de estos instrumentos. Se trata de objetos prácticamente coetáneos de los que el Dr. Junius Bird del Museo de Historia Natural de Nueva York halló en Huaca Prieta en el Valle de Chicama, Perú (Wassén, 1967: 256 y fig. 17). Los objetos de la tumba 47 de Engel tienen una fecha de radiocarbón que da 1225 ± 25 a.C. (Engel, 1963: 12). En la descripción técnica de la tumba, Engel habla, entre otras cosas, sobre un esqueleto de un adulto que tenía consigo varias cosas de las cuales quiero mencionar aquí solamente «a bowlshaped gourd containing a gray powder and closed with a wooden stopper» (Engel, 1963: 114-115).

El hallazgo de tabletas para rapé, con sus tubos, en una fecha tan temprana, es muy interesante porque demuestra que el uso de algún tipo de drogas se hallaba antiguamente divulgado en la costa peruana. Guiado por el propósito de hacer analizar los polvos hallados en la tumba 47, entablé contacto tanto con el Dr. Engel como con el director del Museo de Antropología de Pueblo Libre, Lima; solamente logré averiguar que el polvo en cuestión se había perdido.

Anticipando su Informe arqueológico sobre una muestra de posible narcótico, del sitio Patillos-1 (Provincia de Tarapaca, Norte de Chile), el Dr. Lautaro Núñez A., del Depto. de Arqueología y Museos, Universidad de Chile, Antofagasta, tuvo la gentileza de remitirme tres muestras marcadas P. 1820, 1822 y 2300 (P quiere decir Patillos-1). Se trataba del contenido de una pequeña bolsa, asociada a una tableta para insuflar narcóticos, así como del contenido de otras dos bolsitas. El contexto correspondía a una tumba preincaica de la costa, cerca de Iquique (Bajo Molle). Razones comparativas indujeron al científico chileno a ubicar la cultura de Patillos-1 en el período cronológico comprendido entre 700 y 1450 d.C. (Núñez A., 1969: 89).

Gracias al Dr. Julio C. Montané de la Sección Antropológica del Museo de Historia Natural de Santiago, recibí en 1968 cuatro muestras de rapé, procedentes del sitio arqueológico de Caspana. Según los datos que el Dr. Montané me transmitió por carta (en marzo y julio de 1968), las muestras que llevaban los números 23.019 y 23.056 procedían de dos cajitas para guardar rapé, y las dos restantes (marcadas con los números 23.128 y 23.157) de dos de los tubos usados para aspirarlo.

[185] No contento con remitir las muestras de Chile aquí mencionadas, hice también llegar a la Institución de toxicología del Instituto Carolino en Estocolmo el pequeño terrón cilíndrico de Piptadenia y cenizas de Cecropia, procedente de Brasil, que formaba parte de la Colección Silva Castro, del Museo Etnográfico de Estocolmo (Cat. No. 1865.1.41, reproducido en Wassén, 1965, fig. 27). Desgraciadamente, tanto el análisis de las muestras procedentes de los yacimientos arqueológicos chilenos, como el de este espécimen etnográfico de más de 100 años de antigüedad, produjeron resultados negativos.

Los expertos en Estocolmo extrajeron entre 20 y 850 mgs. de cada muestra con metanol y prepararon una fracción con las técnicas convencionales para determinar la presencia de alcaloides. Los componentes de esta fracción y los de una muestra del preparado original a base de metanol fueron separados, a continuación, con thin layer chrmnatography. A pesar de que también se usaron diversos reactivos entre los cuales figuran el de Dragendorff, el de Ehrlich y un tercero a base de iodo-platinate para inducir la formación de manchas, no se obtuvieron reacciones positivas.

Otro experto en la materia, el Dr. Eskil Hultin del Instituto de Química Orgánica y Bioquímica de la Universidad de Estocolmo, tuvo la gentileza de hacerme llegar una página en inglés acerca de la posibilidad de determinar, por medio del análisis químico, si este tipo de muestras contenía alcaloides psicoactivos. Dicho comentario ha sido publicado en 1969 (v. Wassén, 1969: 91).

El Dr. Hultin propuso, además, la realizacián de una conferencia con el objeto de discutir, desde los puntos de vista antropológico, arqueológico y químico, los métodos de análisis y otros problemas relacionados con el estudio de antiguas muestras de rapé. La misma tuvo lugar el 21 de mayo de 1969 en el Instituto de Química Organica de la Universidad de Estocolmo. Los participantes, Dres. Stig Agurell, Eskil Hultin, Jan-Erik Lindgren, Bjórn Lüning y S. Henry Wassén, concordaron en señalar, en dicha ocasión, que la posibilidad de realizar otros estudios en el futuro no sólo dependerá del interés con que los investigadores se den a la búsqueda de nuevo material arqueológico sino también de la forma en que las muestras se recojan y conserven, hasta el momento de poder ser analizadas. El profesor Bjórn Lüning ideó un método para el correcto almacenamiento de las muestras y lo dio a publicidad tan[186]to en inglés como en español en las «Notas» que completan el ya citado artículo de Lautaro Núñez (Lüning, 1969: 92-95). Dada su importancia, me permito insertar aquí la versión española de dicha Nota a la identificación de rapé de los indios (Lüning, 1969: 94-95):

«El rapé de los indios de Suramérica que ha sido encontrado en ciertas regiones secas de dicho continente, puede ser utilizado, como quizá otros hallazgos arqueológicos, para la identificación de caminos comerciales y migraciones.

La procedencia de este rapé es una fuente para una buena clasificación de las diferentes clases existentes y un análisis de éste no es solamente posible sino da una gran importancia.

Los polvos pueden dividirse en dos grupos, los que contienen partes de semillas u otras clases de materiales vegetales muy bien pulverizados, y los que constan de cocciones o extracto de ciertas partes de plantas.

El estudio de un rapé tal deberá comenzar con un análisis microscópico para hallar las células vegetales identificables que inmediatamente pueden darnos a conocer cuál el la clase de planta le la que el rapé está hecho.

Si tanto las células como los agregados de éstas non son visibles, solamente sería posible una identificación mediante un análisis químico.

Como los principios activos del rapé generalmente son de una extremada sensibilidad, que casi les impide resistir una exposición prolongada al aire libre, es necesario emplear para la identificación los materiales vegetales más estables. Sin embargo, esta clase de sustancias desaparecen a lo largo de los años, y la concentración de ellas en un material arqueológico puede ser bastante baja. Una interación del medio ambiente, por ejemplo la humedad del aire, puede ser la causa de la total desaparición del material identificable. La extremada sensibilidad de los métodos de análisis que deben ser usados, nos revelará también las impurezas en cantidades mínimas.

Por lo tanto, es un imperativo el coleccionar el material arquelógico con las mayores precauciones. Los únicos materiales que no afectan la rigurosidad del análisis, son el vidrio y el corcho. La goma o materias plásticas no deberán ser usadas, porque de ellas proviene una enorme cantidad de material orgánico que al ser absorbido por el rapé llega a destruir totalmente la exactitud del análisis.

[187] Por esto, es también detalle importante no tocar el polvo, ya que simplemente una ligera crema de las manos, jabón, insecticida, aunque hayan sido usados el día anterior, pueden contaminar el rapé y estropear el análisis.

Los polvos se encuentran generalmente en zonas de baja humedad del aire. Cada aumente de ésta puede desencadenar una rápida descomposición de las materias analizables y, por esto deben ser usados recipientes dobles (v. la figura). El frasco exterior deberà contener una fuerte materia desecante tal como sílice gelatinosa ("gel de silica"), la cual tendrá que ser regenerada con intervalos regulares. Es igualmente importante no conservar el material durante largo tiempo en un museo, donde el aire generalmente está saturado de sustancias químicas, usadas para la conservación de materiales, y que pueden ser absorbidas por el rapé".

H.S. Wassén 1979
Fig. 1 - Método para proteger al rapé de procedencia arqueológica
Debido a que ésta completa y aclara el texto reproducido, no me parece superfluo reproducir la figura que lo acompaña. Como representante de los antropólogos, abrigo la esperanza de que se produzcan nuevos hallazgos en aquellas regiones cuyo clima favorece la buena conservación de los mismos, y que éstos contribuyan a aclarar algunos de los fascinantes problemas aún pendientes. Entre ellos cuento con la posibilidad de mostrar una importación a la costa peruana de polvos de rapé que, sin embargo, lógicamente deben tener tanto su origen botánico como su [188] distribución máxima en las regiones selváticas el este de los Andes. En este sentido me permito añadir en una nota (1) unas palabras del Dr. Donald W. Lathrap de sus comentarios críticos acerca de la obra Peru before the Incas por Edward P. Lanning (1967).

(1) Lathrap (1969: 343): «It is not only on the subject of cultivated plants that Lanning consistently plays down the importance of the tropical forest to the east of the Andes as source of stimulation for the Peruvian Coast. On page 76 he comments on «the general lack of montaña influence» on the ultimate Preceramic cultures of the coast, while on the facing page he notes the appearance of «coca chewing with lime carried in gourd bottles and extracted with bone spatulas»; «snuff tables and tubes»; and composite combs at exactly this time. An exccellent case can be made that all of these are typically and anciently Tropical Forest traits. As Wassén has recently demonstrated, the distribution of snuff tables is, except for its extension into the Andes, precisely coterminous with the maximum expansion of Tropical Forest culture. Moreover the most powerful snuffs used with this equipment are derived from trees of the tropical forest zone, while the other possible source of snuff, the cultivated tobaccos, have their closest wild relatives in the jungle to the east of the Andes. Coca was, and still basically is, a product of the ceja zone of the montaña, and it occurs west of the Andean crest only as a cultivated plant».


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