Una aproximación a Xochipilli
Justino Fernández
Estudios de Cultura Nahuatl, vol. 1, pp. 30-46, 1959
Entre las principales esculturas que han llegado hasta nosotros
procedentes de la antigua cultura náhuatl aposentada en Tenochtitlan se
encuentra la muy conocida de Xochipilli, considerada como la imagen del
dios de las flores. Proviene de Tlalmanalco, D. F. y se conserva en el Museo
Nacional de Antropología, de México. Su rara belleza ha sido reconocida por
cuantos han tenido la fortuna de contemplarla; sin embargo, nunca ha sido
estudiada, que yo sepa, como merece una obra de arte tan extraordinaria. El
primero en advertir su gran calidad fué Orozco y Berra, en el siglo pasado, al
referirse a las obras de escultura en su Historia antigua y de la
Conquista de México (T. 1, p. 354). Pero el elogio que le hace depende de
su concepto naturalista y académico del arte, pues precisamente la destaca como
ejemplo de "adelantamiento", en relación con otras obras que se
presentaban a su vista como "bultos mitológicos... deformes e
inartísticos". Mas, añade: "Sin embargo, se encuentran objetos que
revelan gran adelantamiento en el arte. La estatua sentada, en el Museo Nacional
(seguramente se refiere a Xocltipilli), si está lejos de sostener
un paralelo con las obras griegas y romanas, ofrece lineamientos firmes, toques
vigorosos, buen conocimiento de la anatomía humana." (Véase el lugar de
Orozco y Berra en la Historia de las ideas estéticas, en mi Coatlicue.
Estética del Arte Indígena. México, 1954).
No es por el lado de semejanza o diferencias con el arte
clásico griego y romano como debe juzgarse de la calidad artística de las
obras escultóricas del antiguo mundo mexicano, puesto que se trata de ideales y
expresiones distintos que deben ser considerados por sus valores estéticos
propios.
La belleza de Xchipilli es a la vez delicada y dramática.
Es una figura sedente labrada en piedra, de 79 cms. de altura, que se asienta en
una base cúbica ricamente ornamentada de 43 cms. de alto y 60 cms. por lado (medidas
aproximadas). Sus piernas cruzadas en forma de aspa terminan en las espléndidas
tallas de los pies; los brazos están unidos al cuerpo, pero levanta las manos
con una expresividad que se completa con la cabeza, vuelta hacia lo alto. Todo
el cuerpo se adorna con flores y otras prendas; sus ojos debieron estar
cubiertos con algún material precioso que daría un efecto distinto a la
actitud de éxtasis, mas como se ven hoy día las oquedades contribuyen, tanto
como el rictus de la boca, al gesto dramático. Las proporciones del conjunto,
la composición y todo el labrado son de una belleza refinada. Esta combinación
de delicadeza y dramatismo es típica de la escultura azteca y Xochipilli es
un ejemplo excelente que muestra esos rasgos estéticos en su justa medida y en
todo su esplendor.
Lo dicho se advierte casi a la primera mirada, pero no es todo
lo que nos dice la éscultura ni todo lo que se debe decir de ella. Intentaremos,
pues, una aproximación. Al contemplarla más detenida y escrupulosamente va
revelando una serie de intenciones y símbolos que pueden entregarnos el sentido
que tiene la imagen. Desde luego hay que advertir que la base y la figura misma
son dos piezas independientes, pero forman unidad indivisible tanto artística
como conceptualmente.
La base se compone de dos cuerpos, en sentido horizontal. El
primero tiene los lados hacia adentro, en forma de talud, es decir, como si
fuera el arranque de una estructura piramidal, cuyo vértice queda virtualmente
sobre la cabeza de la imagen. Este cuerpo se ornamenta con una faja resaltada,
por cada lado del rectángulo, que lo limita por la parte superior, por los
extremos laterales y por abajo, sólo que allí se suspende, en uno y otro lado,
para "enroscarse" en líneas rectangulares y así forma un motivo que
recuerda la greca, aunque puede asociarse también al símbolo de calli,
casa, y aun quizá con los ojos de Tlaloc, dios de la lluvia,
si bien estas asociaciones no se justifican del todo. Al centro, al
interrumpirse la faja o banda, para formar las "volutas" rectangulares,
cuelga un ornamento de perfiles zigzagueantes.
Sobre ese primer cuerpo se asienta el segúndo, cuyo perfil
tiene un sentido inverso del anterior, es decir, es más estrecho en su parte
baja que en la alta y así, sugiere también la forma piramidal, sólo que
invertida de manera que su vértice quedaría bien profundo en la tierra. Este
segundo cuerpo resalta respecto de los planos del primero y es menos rígido en
su geometria; al centro de cada uno de sus cuatro caras ostenta una gran flor,
en cuya parte baja se encuentra, como libando en ella, una mariposa, de perfil,
y su cabeza tiene un ojo y su hocico abierto y colmillos. Tiene también un
pequeño brazo con garras y en conjunto recuerda el monstruo de la tierra, a Tlaltecuhtli,
también Cipactonal o Cipactonalli. En uno de los lados se ven
dos mariposas más, semejantes a la anterior, que se encuentran a uno y otro
lado de la gran flor central y sobre de ellas corre una especie de cordón
ondulado que forma ondas colgantes y sugiere un símbolo acuático. Por fin, en
el extremo superior se ornamenta con una hilera de pequeños discos resaltados
con un punto en su centro, como los que representan, en otros casos, símbolos
solares. En otros lados de este cuerpo de la base en lugar de las mariposas
laterales están cuatro discos o puntos, signos solares también.
Así, sobre esa base de dos cuerpos, rica y simbólicamente
ornamentada, se asienta la imagen que, como se ha dicho, tiene las piernas
cruzadas en forma de aspa. Está calzada con sandalias, con correas anudadas
sobre el empeine y en los tobillos tiene una especie de "pulseras",
quizá de cuero, de las que penden uñas de águila o de tigre, o bien quizá
sean colmillos. Tiene pulseras en los puños y otras en los brazos a la altura
de las axilas. Sobre los muslos y piernas resaltan cuatro tipos distintos de
flores y otras tiene sobre los brazos y en los costados del cuerpo. Cubre sus
partes pudendas con un maxtle, que ciñe también su cintura y pasa al centro de
la región glútea. Sobre el pecho tiene un amplío cuello, quizá de cuero, del
que penden también uñas de águila o de tigre, o tal vez colmillos, y al
frente se encuentran dos círculos hundidos – que quizá tuvieron
incrustaciones, acaso de obsidiana – y sobre de ellos resaltadas una especie
de medias lunas. Otra pequeña oquedad al centro y al borde del cuello parece
haber tenido alguna incrustación.
La cabeza es un elemento importante, no sóló por su actitud, o
por su gesto, sino por todos los elementos simbólicos que la componen. En
primer lugar está vuelta hacia lo alto y parece que allí dirige su mirada. Por
desgracia la nariz está mutilada, pero ello no le resta expresividad. Tiene el
rostro cubierto por una máscara bien ajustada y es perfectamente visible por
debajo del maxilar inferior y perceptible en las oquedades de los ojos, que a su
vez tuvieron incrustaciones de algún material precioso, tal vez de turquesa o
de coral. Desde la frente cuelga hacía atrás un tocado, quizá de algodón,
bordeado de plumas, que deja visibles las orejas, con sus orejeras de discos con
punto al centro; le cubre por completo la parte posterior de la cabeza y la
espalda, hasta un poco más arriba de la cintura. Visto por la párte posterior
el tocado tiene una flor sobre la cabeza y de ella salen y penden, en relieve,
tres colgajos que rematan en dos plumas cada uno formando una especie de borlas.
Sobre la espalda, en el lienzo del tocado a los lados de los colgajos y sobre la
cabeza, hay grupos de cuatro discos con puntos al centro y grupos de cuatro
barras verticales, todos ellos con símbolos solares.
El conjunto de la escultura por entero es magistral. La base
está en proporción adecuada para que la figura se asiente con aplomo y vista
de frente el efecto de las piernas cruzadas en forma de aspa, las manos
levantadas y el rostro en actitud de espectacíón o relación con lo alto,
producen un efecto dramático y singular de rara belleza y de sabia armonía.
Vista por uno de los lados, la escultura cobra mayor animación, si cabe, pues
luce las buenas proporciones de su cuerpo joven, guarnecido de flores; el aplomo
de la figura es perfecto y la posición de brazos y manos le dan una expresiva
naturalidad. Toda la talla, en conjunto y en los detalles, tiene esa morbidez
peculiar de la escultura azteca, pero no por lograr cierta suavidad pierde
fuerza, antes al contrario la hace compacta, bien acabada, perfecta, atractiva y
emocionante por demás.
Una vez prendidos por el hechizo del arte y anotadas todas las
partes y detalles de la obra, el intento es, claro está, explicarse aquel
conjunto de formas y símbolos. Nada más necesario en estos casos que recurrir
a las fuentes escritas para ponerlas en relación con la escultura. Así, recurrimos
en prirnera instancia a "los atavías de los dioses", en la nueva
version del Dr. Miguel León-Portilla, tomada de los textos de los informantes
indígenas de Sahagún (Ritos, Sacerdotes y Atavías de los Dioses. México;
1958, p. 149), y que éste incluyó en su Historia. Dice así a propósito de Xochipilli:
"Está teñido de rojo claro,
lleva su afeite facial figurando llanto,
su gorra con penacho de plumas de pájáro rojo.
Tiene su bezote de piedras preciosas,
Su collar de piedras verdes.
Sus tiras de papel puestas sobre el pecho.
Su ropaje de orilla roja con que ciñe sus caderas.
Sus campanillas, sus sandalias con flores.
Su escudo con la insignia solar en mosaico de turquesas, de un lado lleva
un bastón con remate de corazón y penacho de Quetzal."
La ilustración de la imagen no corresponde muy exactamente a la
descripción del texto. En una nota León-Portilla traduce Xochipilli por
"el príncipe de la flor"; nos remite a los atavíos de Macuilxóchitl,
que tienen algún parecido con los de Xochipilli, y al himno en honor
de éste, además, nos dice que reliresenta también al sol naciente, el sol
niño.
En la Historia General de Sahagún (Lib. 1. Cap. XIV) se
encuentra el texto referente a la fiesta de Macuilxóchitl, que también
se llamaba Xochípilli; así mismo se incluyó, en "la
astrología judiciaria" (Lib. IV. Cap. VII) lo relativo al signo cuarto: Ce
xochitl, uno flor; por último, en los Cantares, o himnos rituales, hay uno
dedicado a Xochipilli (Lib. II, Apéndice VI, 9). Para mejor lectura de
este himno recurrimos a la nueva versión del Dr. Angel María Garibay K., en Veinte
Himnos Sacros de los Nahuas (México, 1958, pp. 98. y sig.). De la revisión
de todos esos textos, y de la traducción del Códice Florentino, por Anderson y
Dibble (Lib. 1, Cap. 14, pp. 13 y 14. Lib. IV, cap. 7, pp. 23 y sig.), tomamos
algunas notas y la información general que de ellos se desprende, pero ninguno
viene directamente en nuestro auxilio para encontrar una relación con nuestra
escultura. Sabemos sí, que Xochipilii guarda una estrecha analogía con Xippe
Totec y Macuil Xóchitl y aquí está en relación con Xochiquetzal,
Tlaloc, con Teteo Innan, Centéotl y otros númenes. Xochipilli,
Macuil Xóchitl y Xippe Totec parecén ser manifestaciones de una
misma deidad, en todo caso, Xochipillí no sólo es "el príncipe
flor", sino el sol naciente, el sol niño, el dios de la luz, de la vida,
del juego, de la poesía y del arte; es, pues ante todo, un dios solar. El Dr.
Alfonso Caso en La religión de los aztecas (México, 1936, p. 26), dice
que es el "patrón de los bailes, de los juegos y del amor, y la
representación del verano", que "es más bien una deidad solar y su
símbolo está formada por cuatro puntos que se llaman tonallo y
significan el calor solar, pues es el dios que representa el verano. Se le
reconoce porque está adornado con flores y mariposas, o bien por el bastón con
un corazón ensartado, yolotopilli. Una deidad tan semejante a él que
quizá sólo es el nombre calendárico del mismo dios, es Macuillxóchitl «5,
Flor», patrono de los juegos, los bailes y los deportes".
Jacques Soustelle en su trabajo sobre La pensée cosmologique
des anciens mexicains (París, 1940, pp. 40 y 88) dice, basándose en el
himno a Xochiquetzal en que se menciona el llanto de Piltzintecutli cuando
buscaba a Xochiquetzal, raptada a Tlaloc por Tezcatlipoca, que
Piltzintecutli, "sacerdote o servidor de dios (tlamacazqui),
que la llora, no es otro que Xochipilli, el compañero y doble
masculino de la diosa... La analogía con el mito greco-latino de Proserpina es
del todo sorprendente". Y más adelante añade: "Xochipilli «el
príncipe de las flores» compañero de la diosa Xochiquetzal, es un dios
de las flores, de la vegetación tierna, del amor, idéntico a Macuilxóchitl
y a Piltzintecutli".
Por útimo, entre los poemas de Tenochtitlán que el Dr. Garibay
incluyó en la sección de Poesía lírica, en su Historia de la Literatura
Náhuatl (México, 1953. T. 1, pp. 182 y 183), hay uno que con bastante
razón considera el ilustre historiador, a lo menos en su primera parte, como
"una sagrada oda al dios de la alegría, de la música y de toda belleza. Xochipilli,
por sus nombres calendáricos, 1-Flor, Ce Xochitl, o 5-Flor, Macuíl
xochítl, y en su realidad el mismo sol, en su aspecto de dador de la vida y
de la alegría que al vivir acompaña. El hermoso "Príncipe joven", Piltzintecuhtli,
es el que luce en el mundo y luce en el alma. Dice así el poema completo:
"Cantos festivos, pintura de flores
viene soltando, viene desplegando: ¡oídio!
Tiene entre mariposas y en el musgo acuático su casa
entre luces canta y llega.
Sobre luminoso sitial está erguida la Flor:
sólo flores esparce su canto. ¡ Haya placer!
Flóridas flautas resuenan en su casa:
alli es esperado El: hay gozo, se canta al son de trompetas hay felicidad allí.
En casa de zapote enflorado
adornada con flores acuáticas estás colocado:
¡en asiénto de florido zapote estás puesto, oh padre
nuestro!
¡Tu roja flor que huele a maíz tostado,
estás abriendo la corola aquí en México:
en ti beben la miel brillante mariposas de la tierra!
en ti beben la miel las aves, como águilas que vuelan.
¡Cual sol de oro brilla tu mansión tornasol de zapote.
tu casa está entre flores acuáticas de jade:
tú en Anáhuac imperas!
Se esparcen flores, suenan cascabeles:
es tu atabal, oh príncipe.
Tu eres roja flor de pluma:
abriendo estás la corola aquí en México.
Estás dando fragancia en el mundo:
sobre los hombres se difunde.
Una esmeralda cayó al suelo,
nació una flor: ¡tu canto!
¡Cuando entonas tus cantos aquí en México,
el sol dura brillando!"
En. este poema sí que encontramos una relación directa con la imagen de Xochipilli labrada en piedra, veamos:
1. Tiene su casa en el musgo acuático, entre mariposas. (Recuérdese
el cuerpo superior de la base de la escultura.)
2. Sobre un sitial luminoso está erguida la Flor.
(Corresponde a la figura sobre la base o sitial en que se encuentra; quizá los discos al borde del sitial sean a la vez objetos preciosos de jade y símbolos solares.)
3. En casa de zapote, adornada con flores acuáticas.
(Recuérdese el segundo cuerpo de la base, adornado con grandes flores: ... en agiento de florido zapote estás puesto...!
4. En ti beben la miel brillante mariposas de la tierra.
(Recuérdense las mariposas del segundo cuerpo de la base y especiamiente las
que se encuentran sobre las grandes flores centrales de cada uno de los cuatro
lados; además, las mariposas en la escultura recuerdan por sus hocicos y garras
al monstruo de la tierra.)
5. Tu casa está entre flores acuáticas de jade. (Nueva
alusión a las formas que aparecen en la base de la escultura.)
6. Cuando entonas tus cantos... el sol dura brillando.
(¿Responderá el gesto de la boca de Xochipilli a que esté entonando
algún canto? En todo caso la mirada a lo alto parece prolongar su momentánea
actitud, más allá.)
Recapitulemos. En el plano de la realidad física fenoménica Xochipili
es el sol naciente, por tanto en estrecha relación con la tierra,
especialmente en el horizonte, allí donde la tierra aparece como musgosa y
húmeda, pero llena de vida, vegetal y animal.
Así, no sorprende que en el piano del mito se le concibiera
como el sol niño, como un hombre joven, con el cuerpo teñido de color rojo
claro, adornado con flores y mariposas, con los cuatro puntos como su símbolo, tonallo,
puesto que significa el calor solar, con su escudo con la insignia solar en
una mano y en la otra con un bastón con un corazón ensartado, yolotopilli,
y penacho de plumas de quetzal. Estos últimos distintivos tampoco sorprenden,
pues siendo el príncipe de las flores, lo es también de los corazones humanos
ofrecidos en el sacrificio a los dioses. Por esta razón son objetos preciosos
las plumas de Quetzal, las flores y los corazones, lo más exquisito, lo
supremo, junto con los cantos, que podían ofrecer los aztecas a sus dioses y
que Xochipilli ostenta como sus posesiones.
Ahora bien, en el plano religioso parece natural que Xochipilli
fuera el dios de la luz, de la vida, del placer, del amor, del juego –
sobre todo ritual, el de pelota por excelencía, con todas sus significaciones
– de la vegetación tierna, de los alimentos abundantes, de la música, los
bailes, la alegría, la poesía y del arte en general, además de ser la
representación del verano.
Xochipilli era, en suma, una deidad benéfica, como lo es el
sol y señoreaba todos los aspectos amables y felices de la existencia.
Mas volvamos a la escultura, que quizá puede enriquecer la
visión que ya tenemos del príncipe de las flores. Si la imaginamos pintáda de
rojo y con su escudo en una mano y su bastón en la otra, con los toques verdes
que tendrían los puntos o discos solares, con las flores de su cuerpo de vivos
colores y con los ojos incrustados con turquesas y el pecho con discos de
obsidiana, no cabe duda que nos resultaría más sorprendente, pero no es seguro
que nos gustara más. Tal como hoy se encuentra tiene toda la fuerza emocionante
de una obra de arte verdadera, estática sólo en parte, porque las manos le dan
una vivacidad interesante y el rostro una dramática expresión. Né puede pasar
inadvertida la forma de aspa que componen sus piernas cruzadas y, seguramente,
no es casual, por el contrario es bien intencionada y puede relacionarse con las
cuatro direcciones, o bien ser una alusión a Xippe Totec, especialmente
al rito que consistía en atar a una víctima a unos maderos en forma de aspa
también y sacríficarla a flechazos, para que su sangre regara la tierra. No
hay que olvidar que Xippe Totec es el dios de la primavera y que Xochipilli
representa el verano. Que se represente con forma humana conviene a la
concepción de "el príncipe de las flores" y que sea una figura
sedente concuerda bien con la imágen del sol náciente, asentado todavía sobre
la tierra y resplandeciente sobre la tierra y la vida. Todos los demás
símbolos convienen también a la concepción general de "el príncipe de
las flores", salvo tres de ellos.
Primero, las uñas en las tobilleras y colgantes del cuello si
son de águila pueden relacionarse con el sol y asimismo, de alguna manera, si
son de tigre; por otra parte sí son dientes o colmillos quizá tengan relación
con Tlaloc; en todo caso, son símbolos solares o bien se refieren a la
lluvia y ambos aspectos convienen a Xochipilli.
Segundo, los dos grandes discos sobre el pecho, que pueden ser
signos solares y quizá otros dos queden en su espalda, solo que invisibles por
estar cubiértos por el tocado que cuelga casi hasta la cintura.
Tercero, la máscara con que cubre su rostro que, a mi juicio,
puede tener relación con la tierra, si recuerda uno a Teteu Innan, "la
del rostro de máscara", la madre de los dioses. Si mi interpretación es
correcta, conviene al concepto del sol naciente, porque todavía no se desprende
de la tierra, todavía no muestra limpio del todo su rostro esplendoroso;
también el concepto del sol niño asocia la idea de la madre, de quien aún
depende.
Por último, el gesto de la máscara tiene tensión dramática y
cierta ternura, pues la mirada está pendiente de algo mas allá, que parece
mirar fijámenté y, como ya se dijo, prolonga su ser y asi el sol dura
brillando; el gesto de la boca tensa horizontalmente y con los labios un poco
entreabiertos sugiere cierto esfuerzo de elevación, quizá un canto que fuese
al mismo tiempo una plegaria a los dioses para hacer su curso celeste
librémente. En cuanto al llanto de Xochipilli a que se refiere el himno
a Xochiquetzal, queda en la escultura oculto bajo la máscara; no está
representado ese momento en la imagen; por otra parte, quizá el llanto del
príncipe de las flores tenga el significado de la lluvia cuando brilla el sol;
es unas conjetura, pero no creo que descabellada.
De sobra sé que para algunos cuanto digo, o parte de ello, les
resultará "literatura", invenciones, fantasías, sin embargo
necesitaría uno ser un asno inconmovible para no hacer asociaciones de ideas
que parten de signos identificados y que convienen con el todo como contextos y
redondean el sentido. En todo caso no todos podemos darnos el lujo de imaginar.
Y en justicia hay que convenir en que los aztecas tuvieron gran
imaginación para dar forma ideal, por medio de los mitos a su concepción del
universo, y para dar forma concreta, corpórea y sensible en el arte a sus
concepciones. El "príncipe de las flores" y la interpretación que
aquí le he dado me parece que encajan bien en la filosofía náhuatl de
"flor y canto", que nos ha revelado León-Portilla recientemente.
El antiguo mundo indígena mexicano fué de pasmosa originalidad
para concebir y crear en el arte las imágenes de sus dioses, que en conjunto
son su imagen del Universo, que dio sentido a su existencia. Concebir al
sol naciente como sentado en la tierra y como un príncipe de la bondad, es
original, y darle forma a tal concepción en una bellísima, tierna y dramática
imagen escultórica es una hazaña artística del más alto nivel poético y
estético.
Obras consultadas
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Codex. Pub. by The School of American Reseaych and The University of Utah.
Santa Fe, New Mexico. Book 1, 1950; Books 4 and 5, 1957.
2. CASO, ALFONSO: La Religión de los Aztecas. Enciclopedia
Ilustrada Mexicana. México, 1936.
3. CASO, ALFONSO: El Pueblo del Sol. Figuras de Miguel
Cøvarrubías. Fondo de Cultura Económica. México [1953].
4. FERNANDEZ, JUSTINO: Coatlicue. Estética del Arte
Indígena Antiguo. Prólogo (le Samuel Ramos. Centro de Estudios Filosóficos,
1954. [México, U. N. A. M.]
5. GARIBAY K. ANGEL MARIA: Historia de la Literatura
Náhuatl. 131. Biblioteca Porrúa, Editoríal Porrúa, S. A. México, 1953.
2 vols.
6. GARIBAY K. ANGEL MAR1A: Veinte himnos Sacros de los
Náhuas. Fuentes Indígenas de la Cultura Náhuatl. Informantes de Sahagún,
2. México, 1958. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de
Historia. Seminario de Cultura Náhuatl.
7. LEÓN-PORTILLA, MIGUEL: Ritos, Sacerdotes y Atarías de
los Dioses. Fuentes Indígenas de la Cultura Náhuatl. Informantes de
Sahagún, 1. México, 1958. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Historia. Seminario de Cultura Náhuatl.
8. LEÓN-PORTILLA, MIGUEL: La Filosofia Náhuatl. Estudiada
en sus Fuentes. Prólogo de Angel María Garibay K. México, 1956. Instituto
Indigenista Interamericano (2 edic. UNAM, 1959).
9. SAHAGUN, FR. BERNARDINO DE: historia General de las cosas
de la Nueva España. Edic. de Angel María Garibay K., t. 1. México, 1956.
Editorial Porrúa, 5. A.
10. SOUSTELLE, JACQUES: La Pensée Cosmologiqne des Anciens
Méxicains. París, 1950. Hermanrt & Cíe., Editeurs.
11. SOUSTELLE, JACQUES: La vie quotidienne des Aztèques. Paris
[1955]. Librairie Hachette.