Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas que hoy viven entre los indios naturales desta Nueva España

Hernando Ruiz de Alarcón

1629, México, volume I, capitoli 2, 6 e 7

–  De las idolatrías y abusiones y observación de cosas a que atribuyen divinidad, especialmente el ololiuhqui, piciete y el peyote (Tratado I, Capitulo II)

–  De la superstición del ololiuhqui (Tratado I, Capitulo VI)

–  Del uso y de los inconvenientes que se siguen de la superstición del ololiuhqui (Tratado I, Capitulo VII)


De las idolatrías y abusiones y observación de cosas a que atribuyen divinidad, especialmente el ololiuhqui, piciete y el peyote
(Tratado I, Capitulo II)


Para lo que toca a idolatrías, aunque las más tienen principio y raíz en los curanderos y sortílegos, como también se ha visto en las provincias del Pirú, en este reino se hallan otras aunque no muchas, que son como por ley establecidas, y se guardan al presente.

Lo que yo he podido saber, es como en el Pirú llaman huacas los lugares donde adoran y las cosas que adoran indistintamente. Acá los indios por las tales huacas tienen los cerros o manantiales, ríos, fuentes, o lagunas donde ponen sus ofrendas en dias señalados, como son el de San Juan, el de San Miguel, y otros así, con fe y creencia de que de aquellas aguas, fuentes o cerros, tienen su principio sus buenos sucesos, su salúd o enfermedades; si acaso las tales aguas, fuentes o cerros, o el ololiuhqui están con ellos enojados, aunque sea sin haberles dado ocasión. Las sobredichas cosas tienen y adoran por dios, y el ololiuhqui es un género de semilla como lentejas, que la produce un género de hiedra desta tierra, y bebida esta semilla priva del juicio, porque es muy vehemente; y por este medio comunican al demonio, porque les suele hablar cuando están privados del juicio con la dicha bebida, y engañarlos con diferentes apariencias, y ellos lo atribuyen a la deidad que dicen está en la dicha semilla, llamada ololiuhqui o cuexpalli que es una misma cosa. Destas entrará adelantes.

También adoran, y agora invocan los tales idólatras, como adelante diré, un dios que no conocían más de que le nombraban, y hoy le nombran Yáotl, tiytlacahuan, que se puede interpretar dios de las batallas, cuyos criados o esclavos somos, y dicenle Tlalticpaque, que quiere decir dueño o señor de la tierra.

En prueba de lo referido, he visto muchas cosas que no tienen evasión ni respuesta porque he hallado en los cerros muchas ofrendas de copal, que es incienso desta tierra, y madejas de hilo y pañitos de lo que llaman poton, mal hilado, y candelas y ramilletes, unas muy antiguas y otras frescas. Y el día de San Miguel deste año de seiscientos y veinte y seis, hallé en un cerro la ofrenda acabada de poner, y la huella fresca del que la puso, y aunque la siguieron no la pudieron dar alcance porque la aspereza de la tierra no sufre mucha señal de huellas. Estaba, pues, la ofrenda en un montón de piedras, apanado muy gran trecho de los caminos, y hecha en él una covacha en que la ofrenda estaba guarecida del sol y del agua. Y aunque después hice muchas diligencias en los pueblos comárcanos, nunca pude tener rastro del que puso la ofrenda. Porque así los indios desta tierra como los del Pirú ocultan esto diligentisimamente, a mi entender advertidos del demonio por lo que interesa. Aquí adviertan los ministros que los tales montones de piedra que los indios llaman teolocholli, son sospechosos, porque de muchos dellos he sacado copal, candelas, ramilletes y otras cosas que ofrecen en días señalados como queda dicho.

Pero lo más ordinario resultan de los curanderos y sortílegos, así del maíz. que son como los de las habas de España, como los de las manos, a quien llaman matlapouhqui, y a los del maíz tlaolxiniani como diré adelante.

Suele haber en estos montones de piedra, y en los portillos y encrucijadas de los caminos algunos ídolos o piedras que tienen semejanza de rostros, y a éstos va enderezado el intento del que ofrenda pretendiendo que les sea favorable la deidad que creen reside alli, o, para que no les suceda mal en el viaje que hacen, o para tener cosecha, o para cosas semejantes, en especiál los enfermos por consejo de sus sortílegos médicos que se lo aconsejan, y aun se lo mandan, como lo han declarado ante mí, que llevan al río candelas de cera, y aveces por los enfermos va el médico, y echa las candelas en el río, o las lleva a los montes.

También tienen avieso cuando elijen a algún mozo por gobernador: la primera vez para haberle de dar el cargo, liévanlo de madrugada al río los ancianos y principales del puebló y báñanlo cómo ofreciéndoselo al río, para que le sea favorable para que en adelañté asiente en el carso que empieza a ejercer. Y despues hacen su boda, y lo que peor es, la borrachera, que es donde va ello a parar, como todas sus juntas. Y es tanto el respéto que tienen a estas cosas, como también se réfiere en el libro del Pirú referido, que vi una india que teniá hasta cuatro tecomatillos en un chicobite de llave, y eran herederos de sus antepasados, que eran deste pueblo de Aténango del barrio de Tlalapan. Aquí se advierta de paso, que es lo ordinario tener estas supersticiones e idolatrías, en los barrios y pueblos que están en los montes y desiertos apartados de los pueblos principales, como los hemos hallado: yo he visto la referida india a quien quité los cuatro tecomates, les tenía tánto respeto y miedo, que habiendole yo hecho la causa de que idolatraba en ellos, que para que no los ocultase fue necesario ir yo a su casa con notario, alguacil y testigos, y habiendole hecho confesar a fuerza de brazos que los tenia y donde, llegado a abrir el chicobite, fue tan grande el miedo que la embistió que no podía abrir elchicobite de medrosa y descoyuntada, hasta que llegué a ayudarla, y abierto el cichobite en ninguna manera se atrevía a sacar de los tecomates pareciéndole que cometía sacrilegio, hasta que a fuerza de persuación y amenazas, perdiendo el color y casi desmayada del temor los sacó. Y después pareció habérse desengañado del error en que estaba.

Aquí se debe notar la diligencia que se requiere en el juez, que tratare de hallar y castigar estos delitos y extirparlos, porque que diligencias no haría la india referida, y las semejantes, por ocultar lo que tanto estiman y veneran, pues casi quedó muerta de sacar los tecomates del cestón o chicobite en que los tenía, y así será buen consejo, en teniendo noticia de semejante cosa, no perderla de vista hasta darle fin, y estar en el lugar donde la tal cosa se guarda, primero que el delincuente imagine que de tal cosa se trata, porque sin esto todas las demás diligencias serán vanas, porque no hallándonos con el hurto en las manos como dicen, primero se dejarán hacer pedazos que confesar el delito con que quedarán más obstinados y más causas. Del género referido en el No. 4 antecedente hallé otra india en un pueblo llamado Cuetlaxxochitlan, que tenía tecomates como los referidos en que idolatraba con igual respeto y temor al que dicho queda para cuya inteligencia se advierta.

Cuando algún viejo que es como cabeza de linaje a tomado por abogado al ololiuhqui o al peyote, o algún ídolo, le hacen el cestoncillo el más curioso que pueden, donde lo guardan, y dentro de él van poniendo lo qué le ofrecen como es incienso, algunos pañitos labrados, vestiditos de niñas, y otras cosas a este tono, y tiénese aquello en tanta custodia y veneración que nadie se atreve a abrir la petaquihla, y mucho menos a la ofrenda que está dentro, ni al ololiuhqui, peyote o ídolo, aunque a los ídolos veneran mucho más. Deste cestoncillo con lo que tiene dentro son hérederos los hijos y descendientes, sin que en ello se atreva ninguno de la generación a descuidarse, y es en tanta manera, que si sucede acabarse la generación de los que les pertenecía la guarda del tal cestoncillo, a los cuales llaman en mexicano ytlapial que quiere decir los que tienen obligación de guardar la tal cosa, que ninguno otro se atreva a mudarla del lugar donde la tuvieron y dejaron los dueños y herederos, que de ordinario es en el altar de sus oratorios que llaman Santacalli como diré adelante, y esto se observa tan puntualmente, que en el caso postrero, que queda dicho de la india de Cuetlaxxochitlan, sucedió que habiéndole averiguado que tenía uno destos cestoncillos, sin que ella lo imaginase la cogí en la iglesia para hacerle confesar el delito, y viendo que negaba la llevé a su casa, y entrando en el oratorio hice buscar el cestoncillo, y en el oratorio estaba ya todo tal por el mucho tiempo que las esteras estaban hechas tierra, y las imágenes casi de todo punto tenían perdidos los colores, y nadie se había atrevido a mover ni a tocar cosa alguna de las que alli habíá, por estar en el dicho oratorio la petaquílla, la cual hallamos sobre, una esterá que el altar del oratorio tenía por cielo. En este cestoncillo éstaba el ololiuhqui y uno de los tecomatillos referidos y algunos lenzecuelos, y la india no se atrevía a tocar con la mano al ololiuhqui. Preguntada la dicha india, por qué y para qué tenía aquello allí, respondió Amo notlapial ca san ypan nehcoc; quiere decir: no me pertenece por herencia, sino que lo hallé aquí cuando entré a vivir en esta casa. Preguntada por qué la había negado, respondió casi lo mismo diciendo ypampa ca amo notlapial, como si dijera, porque no era cosa que yo heredo, y así si la dicha tuviera lugar de esconder el cestillo, sin duda lo hiciera, y así no la dejé de la mano, luego que supo para que era llamada.

Para que en estos casos haya más acierto, se advierta que en sabiendo los indios que se trata de semejante pesquisa, los que tienen estas cosas luego las ocultan debajo de las peañas de los altarcillos de sus oratorios, o detrás de los retablos, o sobre el cielo o palio del mismo altar de suerte que no se echa de ver: Y destos lugares los he sacadó yo cuando los delincuentes no tienen más lugar para ocultarlos, pero si tienen algún más lugar, casi es imposible hallar lo que ocultan, porque fácilmente, o encierrañ el cestón, o lo ponen en lugar donde no pueda ser hallado, como se a visto en el Pirú, donde ocultan en covachas y debajo de tierra los ídolos que llaman huacas y los cuerpos de sus antepasados que también los adoran.

Algunos tienen estos cestoncillos dentro de cajas, por más custodia y veneración, especialmente, cuando tienen algún idolillo a quien atribuyen aumentar la hacienda; y si le atribuyen el aumento del maíz, trigo y otras semillas, lo tienen dentro las trojes que ellos llaman cuezcómatl, como los tenía un Miguel-Bernardino, natural del pueblo de Quauhchinalla, y vecino del de Tetelpan en las A milpas que ven la comarca de Cuernavaca. Este Miguel Bernardino tenía cinco idolillos, y por no errar el lance, hecha la causa contra él de un solo ídolo, siguiéndolo llamaba la justicia secular para otro fin, lo cogí fuera de su pueblo, donde convencido con la prueba, confesó tener un solo ídolo en la dicha troje, donde envié por la posta tres españoles, y entrando en ellas hallarán cinco idolós; después preguntando el dicho Miguel Bernardino porqué hábia negado los cuatro, dijo que sólo uno éra de su herencia, que es lo que ellos llaman ytlapial, y los cuatro los ténia en guarda, pero del suyo tenía creído que aumentaba las cosechas. Y deste género he hallado otros muchos en otros pueblos; y para que se entienda lo que importa este aviso diré lo que me sucedió en el pueblo de Xoxohtla que es en las Amilpas, comarca de Cuernavaca. Llamé a uh indio don Miguel, principal del pueblo de Teocaltzinco, congregado allí, que había sido fiscal en él, y en un breve rato que estuvo conmigo en que confesó que tenía un ídolo, y la mujer lo había traspuesto. Y colegílo porque luego inmediatamente fui con el dicho indio a su casa, con notario, y testigos para ver en qué lugar y con qué veneración tenia el ídolo, y para que me le entregase. Y el indio fue derecho al aposento y cestón de llave donde lo tenía, y no hallándolo allí salió donde la mujer estaba y le dijo entre dientes, como ya me había declarado tenía el dicho ídolo que lo sacase, y yo constreñí a la india dijese dónde lo había escondido, ella se fue a un gran montón de calabazas que estaba partiendo, y de en medio de ellas le sacó en un plato de barniz negro y con él otros dos ídolos con muchas ajorcas y juguetes, cuales se suelen poner a los niños por adorno, si bien él barniz negro del plato en que estaban manifestaba bien el mal estalaje de los que en aquellos ídolos eran reverenciados. A cada uno destos tres ídolos se le atribuía un efecto, como acrecentar las sementeras, la hacienda, etcétera.

En el pueblo de Tasmalaca, me sucedió, que habiendo cogido de improviso a un Miguel de Escobar, cantor de la iglesia en el choro della, me confesó tenía en su casa un ídolo, como yo se lo había averiguado. Yo encerré al dicho indio luego porque no diese orden de ocultar el dicho ídolo mientras se llegaba a su casa, a donde fui con toda diligencia y enderecé a su oratorio, donde mientras pregunté a su suegra donde estaba una priedra blanca que su hijo me había confesado tenía la mujer del dicho Miguel de Escobar, había sacado tres ídolos que tenía dejando sola una piedra blanca. Remitióme la vieja a la hija, y la hija negaba protervamente pero fue Dios servido que en sus ademanes eché de ver que tenía consigo lo que negaba: hice a los ministros que la requisiesen y habíalos ya la india cubierto con su faja donde los hallaron, la cual los había apartado de la otra piedra blanca que el marido adoraba, porque el marido sólo había heredado de sus antepasados la dicha piedra y ella los tres ídolos.

De aquí colegirán lós ministros la sagacidad que es menester con esta gente, porque ni temor de Dios, ni juramento ni otra cosa, es parte con los indios para que confiesen la verdad, sino que han de estar antes convencidos, para que por vía de temor confiesen, porque no se haya otro camino para con ellos, o como dicen han de ser cogidos con el hurto en las manos para que no puedan negarlo.

La superstición de los tecomates, que son los vasos en que ellos beben de ordinario, tiene su principio y fundamento en usar dellos como de cosa que está consagrada y dedicada para sus ofrendas, sacrificiós idolátricos; y es el caso que cuando hacen pulque (que, es su vino) de magueyes nuevos, esto se entiende cuando estrenan la viña, el primer vino que hacen, a su modo, el primer fruto que es el dicho género de vino, lo ofrécen al dios que se les antoja, como al fuego a algún ídolo, y esta ofrenda se hace en los dichos tecomates hinchiéndolos del dicho pulque, y poniéndolos en el altar con mucha veneración los acompañan con incienso y velas encendidas, y de alli, a un rato derraman allí un póco en señal de sacrificio, y luego de la resta de los tecomates y de lo que tienen las ollas, que son sus cubas, los dueños y los combidados, dan, como dicen, buena cuenta, o por mejor decir, mala y tan mala, que con ella pierden la de su vida y costumbres, quedando todos fuera de juicio, y lo que después desto suele seguir, y más donde en semejantes juntas concurren hombres y mujeres, de dónde suelen seguir tantas ofensas a nuestro Señor y tantas grangerías, al demonio, autor de todo mal. Después desta tormenta se guardan los dichos tecomates que no sirven para otro uso, y éstos con la superstición héredan hijos y descendientes, y usan déllos para semejante ocasión, o si por otro fin, o para principio de alguna obra hacen tales sacrificios.


De la superstición del ololiuhqui
(Tratado I, Capitulo VI)

El llamado ololiuhqui es una semilla como lentejas o hieros, la cual bebida priva del juicio, y es de rnaravillar la fe que estos desdichados naturales tienen con esta semilla, pues bebiendo, como a oráculo la consultan, para todas cuantas cosas desean saber la causa de las enfermedades, porque casi cuantos entre ellos están éticos, tísicos, con cámaras o con cualquiera otra enfermedad de las prolijas, luego lo atribuyen a hechizo, y para salir desta duda y semejantes, como de cosas hurtadas y de los agresores, consultan esta semilla por medio de uno de sus embusteros médicos, que algunos dello tienen por oficio beber esta semilla para semejantes consultas, y el tal médico se llama Payni, por el dicho oficio, para lo cual se lo pagan muy bien, y lo cohechan con comidas y bebidas a su modo. Si el tal médico, o no es del oficio, o se quiere excusar de aquella tormenta aconseja al enfermo que beba él aquella semilla o otro, por el cual también pagan como al médico, pero el médico le señala el día y la hora que lo ha de beber, y le dice para qué fín lo bebe. Ultimamente, o seá el médico o ya otro por él, para haber de beber la dicha semilla o el peyote, que es otra raíz pequeña y con quien tienen la misma fe que con esa otra semilla, se encierra solo en un aposento, que de ordinario es su oratorio, donde nadie ha de entrar en todo el tiempo que durare la consulta, que es en cuanto el consultor está fuera de si, que entonces creen que el tal oloiluhqui o peyote les está revelando lo que desean saber; en pasándosele el tal la embriaguez, o privación de juicio, sale contando dos mil patrañas, entre las cuales el demonio suele revolver algunas verdades, con quede todo punto los tiéne engañados o embaucados.

Es el caso que el que bebe el ololiuhqui brevisamente se priva de juicio por la demasiada fuerza de la semilla, luego trastornado el juicio se le ofrece aquella plática que le hicieron para el hecho, y en ella hecha la sentencia a donde el demonio le inclina, a quien no falta habilidad para tales engaños, tal vez condena al inocente, tal vez descubre al culpado, tal vez sale con tales disparates que no se pudieran forjar en otra aljaba, y los desventurados todo lo creen, ora se lo revele el demonio, ora sea sola representación de la fantasía causada de la plática presente, porque todo lo atribuyen a la divinidad del, ololiuhqui, o peyote, a quien por esta razón tienen tanta veneración y temor que hacen cuanto pueden, y se restan porque no venga a noticia de los ministros eclesiásticos, especialmente si son jueces que lo pueden prohibir y castigar como dije en el tratado de los ídolos y tecomates supersticiosos, y más largamente diré en este tratado.

Una india del pueblo de Huitzoco, tenía una petaquilla o cestoncillo con el dicho ololiuhqui, con su incienso y lo demás que suelen. Diola a guardar a unos compadres suyos, diciéndoles lo tuviesen para que cuando yo volviese al dicho pueblo, no la pudiese hallar; llegué al pueblo y sin que ella pudiese más prevenirse, las prendí y al compadre aparte, sin que ella lo pudiese saber. Presa fue preguntada por el dicho cestoncillo, y siempre negó, aunque le hice muchas y muy apretadas preguntas, y aunque la aseguré que manifestándolo no padecería por ella, y que ya yo sabia que tenía el dicho cestoncillo y donde, ninguna cosa bastó para que confesase. Pasé al compadre, y preguntándole con ardid por el dicho cestoncillo, como quien ya tenía noticia que lo había recibido en guarda, atajado y confuso con verdad confesó. Volví a la india y apreté la dificultad cuanto pude para hacerle confesar, y no quisó; propúsele como ya el compadre había declarado la verdad y no tasbó. Dejélos presos aparte como digo, y fui a la casa del compadre enderezando al oratorio, donde hallé en el altarcito escondido el cestoncillo, trújelo y volví a la india, y aun lo negaba hasta que se lo puse delante.

Lo mismo pasó con esta india por un ídolo que tenía en una casa que jamas lo quiso confesar, y aunque llegué con preguntas a decirle como sabía lo tenía, le di las señas de la casa en que estaba, porque la casa estaba en mi poder, sin embargo negó Al fin le dije como la caja estaba ya en casa del vicario de lugar, y que si ella no daba la llave, haría pedazos la caja. Viendo que ya no había evasión, confesó, abrió la caja, de dondé sacó el ídolo y me lo entregó, viéndolo el dicho vicario Francisco (?) de la Cruz y Antonio Márquez mi notario, y Cristóbal Hernández y otros.

Para, que se advierta cuan, sobre aviso conviene andar en esta materia, referiré otro caso: en el pueblo de Cuetlaxxochitla, tenía una india un cestoncillo con esta superstición del ololiuhqui, y tuvo no sé qué disención con los de su casa, y poco después llegué yo al pueblo que por ser de mi beneficio le pudiera a la india excusar el recelo. Luego que llegué tuve noticia del cestoncillo, que me la dio una de las familiares; yo por no errar el lance le mandé requiriese de nuevo el lugar, pues lo pedía hacer sin nota, para ser de la misma casa, y que viese si aún tenía dentro del cestoncillo el ololiuhqui y las demás cosas que había anunciado. Con esto fue a la casa y volvió a mí diciendo que ya la petaquilla no estaba en el lugar que antes, ni en todo el oratorio.

Pues luego, con toda diligencia, hice traer ante mí a la india dueña del cestoncillo, y puse guardas en casa de una hermana que tenía en el pueblo, y a delincuentes pregunté tan apretadamente, y con tan señaladas y particulares señas del cestoncillo, que no lo púdo negar; pero dijo no tenía dentro lo que preguntaban ni otra cosa de consideración, y que el cestoncillo no se había mudado de su lugar. Envié luego por él y halláronle donde ella declaró, pero ya despojado del tesoro, a su entender porque le habían sacado el ololiuhqui, y un paño de aquellos que le ofrecen, de que había depuesto el denunciante; de suerte que sólo había en el cestoncillo muy poco ololiuhqui: visto la cantidad del ololiuhqui que faltaba y el paño, hice prender la hermana de la delincuente, y aunque la apreté con la verdad y señas tan conocidas como las pudo dar testigo casero, gasté todo el dia en demandas y respuestas pare descubrir lo que ella había sacado del cesloncillo, porque en el breve tiempo que me dio de llamar a la hermana y de enviar guardas a la casa della, tuvo lugar de sacar todo el ololiuhqui del cestoncillo y volverlo al oratorio de la hermana, y de dividir en muchós la cantidad del o!oiiuhqui, con que se hinchó todo el cestoncilio y el paño superstición.

Preguntada por qué había negado protervamente respondió lo ordinario: Oninomauhtiaya, quiere decir, de miedo no me atreví. Donde es mucho de advertir que este temor que significan no es que le tengan á los ministros de justicia por el castigo que ellos merecen, sino por el miedo que tienen del dicho ololiuhqui, o a la deidad que creen reside en él, y este respeto y veneración le tieeén tan arraigado, que es bien menester la ayuda de Dios para arrancarle; de suerte que el temor y miedo que les impide la confesión, es de no enojar aquella falsa deidad que fingen en el ololiuhqui, porque no caer en su ira e indignación, y así dicen aconechtlahuelis, no sea que se aire y se onoje contra mí, como lo experimenté en mí en el caso siguiente:

Luego que llegué al beneficio de Atenanco, donde hoy estoy, conocida la ceguedad en que estaban estos desdichados, para quitarles tan gran estropieso y tan fuerte impedimento de su salvación, comenzé a hacer instancia en desarraigar de sus corazones su perjudicial superstición, predicando instantemente contra ella y sacándoles de sus oratorios mucha cantidad, y echándolo en el fuego en presencia desus dueños y de otros muchos, y mandando rozar, mucha cantidad de matas que dan dicho fruto y hay de ellas en abundancias a orillas del río. Con esto fue Nuestro Señór servido me diese una enfermedad, como de ordinario da a los nuevos y no usado a tierra caliente, que muy pocos se escapan. Viéndome pues los ciegos supersticiosos enfermo, contra la experiencia de fl que pasa por todos los que de nuevo van a tierra caliente,divulgaron que la enfermedad que yo tenía me la había dado el óloliuhqui, por no haberlo yo reverenciado, antes enojádolo con lo que contra él había hecho: a tanto llega la ceguedad de esta gente. Pero a honra y gracia de Dios mejoré del achaque y tuvé noticia de lo que del caso se había divulgado, y para disuadillos de nuevo, habiendo instado cuanto pude en los sermones, últimamente un día de fiesta solemne en que concurría todo el beneficio a la solemnidad, mandé hacer una grande hoguera, y en ella viéndolo todos, hice quemar casi una anega que habid recogido de la dicha semilla, y mandé quemar y rozar de nuevo las matas del género que se hallasen. Mas es tanta la diligencia del demonio que se desvela en nuestro daño que por su astucia se hallan cada día nuevos estropiezos en esta materia, y así conviene mucho que los ministros de entreambos fueros sean diligentísimos en inquirir, extirpar y castigar, estas resultas de la antigua idolatría y culto del demonio, y para mejor conseguirlo conviene mucho advertir consiguiente:

Lo primero, que el indicado tener ídolo u otra cosa que adore, se prenda antes que pueda prevenirse, ni dar noticia a lo suyos al tiempo de la prisión, para lo cual será a propósito cogerlo fuera de su pueblo.

Lo segundo, que cogiendo por una parte al delincuente y por otra poniendo guardas, de satisfacción a la casa o lugares donde hay noticia está el tal ídolo o superstición, sea todo a un tiempo, y aun será bien ponerla por lo menos a los parientes más cercanos como a mujer, hermanos, etcétera.

Lo tercero, que el juez sea recatado en los ministros, y no se fíe de ninguno del pueblo del delincuente, porque de ordinario ninguno hay fiel.

Lo cuarto, que siendo posible, el juez por si mismo saque los ídolos o cosas supersticiosas que se buscan, y no siendo posible sus ministros, y siendo forzoso sacarlos el delincuente, abran los ojos juez y ministros porque en tal caso el delincuente si puede se tragará el ídolo por ocultarlo aunque esté ya convencido y sepa que tragarlo morirá ciertamente.

Lo quinto, también se advierta que suelen por disimulo cuando no hay lugar para más, meter el ídolo en alguna olla vieja y sucia, y así en buscarse no se a de dejar diligencia alguna, porque me sucedió en Comala (que es pueblo de mi partido de Atenango), prender por ese delito una india mujer de Francisco Diego, y sin dejarla de la mano apretándola confesó haberlo tenido, pero que ya se lo habían hurtado, y para prueba pidió ser llevada a su casa para franquearla toda; yo fui con ella y luego que llegamos entré abriendo todas las cajas y cestoncillos, y haciendo plaza de todo lo que había dentro: en efecto, no pareciendo en toda la casa, tenía una olla vieja y sucia tapada con un tiesto en el patio de la casa, estaba la negra olla llena hasta la boca de oloiluhqui, y en el medio de él en el hondo de la olla, el idolillo que era un sapillo de piedra negro envuelto en un trapo.

También suelen poner los ídolos en las peañas de las cruces, en especial las que están, por los despoblados, para dos fines; lo primero, porque nadie sospechara la mezcla quae conventio luciad tenebras? lo segundo, porque con ese rebozo veneran y adoran los ídolos poniéndoles delante muy a menudo candelas encendidas, incienso, ramilletes y otras cosas a este modo, como se ha experimentado muy poco a en una cruz de Chliapa, cabeza de este distrito, la cual frecuentaban mucho los indios con semejantes ofrendas, que estaba la peaña preñada de esta pestilencia infernál.

También he sabido que en otras partes se han hallado cosas de este género hasta manifestarlas Dios Nuestro Señor, como sucedió en la sierra de Meztitlan, de frailes agustinos, donde dio rayo del cielo tantas veces en la peaña, de una cruz, que advertidos los religiosos la hicieron deshacer en su presencia y hallaron dentro un ídolo, el cual quitado jamás ha caído rayo después acá que a más de doce años.

De lo referido parece se infiere, que las cosas de la fe están en los indios muy sobre peine, y que pues la predicación no ha bastado, se requiere riguroso castigo, que siendo como son, hijos del terror, podrá ser obre el castigo, lo que no ha bastado la razón, pues dijo el apóstol: compellite eos intrare.




Del uso y de los inconvenientes que se siguen de la superstición del ololiuhqui
(Tratado I, Capitulo VII)


Supuesto el modo que tienen de usar esta bebida, resta particularizae para qué fines lo beben; y los grandes inconvenientes que de elllo se sigue. Para lo cual se note que como dije arriba, los dolientes de enfermedades prolijas y de las que confirmadas tienen lo médicos por incurables, como son éticos, tísicos, etc;, viendo que con las medicinas órdinarias no mejoran, luego atribuyen su enfermedad y dolencia a hechizo, y juntamente tienen por cierto que jamás sanarán si el que los enhechizó no los cura o no quiere que sánen. Este es el caso más ordinario en que se aprovechan o se dañan con la infernal superstición del ololiuhqui, porque consultano primero el que entre ellos hace oficio del médico que llaman tícitl (y de camino se advierte que el tal nombre por lo que tengo dicho se tenga siempre por sospechoso) el dicho médico por acreditar sus embustes y también por no confesar que no saben curar aquella enfermedad, luego la atribuye a hechizo, y es lo mismo que el enfermo se persuadió cuando lo llamó, y para conveniren todo luego el paciente cuenta sus sospechas, y el por qué este es el proceso; luego el falso médico ordena se use del ololiuhqui para salir de la duda, para lo cual se sigue en todo el orden de tal médico, como palabras de profeta o respuesta de oráculo; con esto toma el ololiuhqui el médico o el enfermo, u otro alquilado para este efécto, al cual instruyen primero en el modo y en la sospecha con sus circunstancias.

Tras esto se sigue la embriaguez de la bebida, y en ella, o que la fantasía del beodo revuelva aquellas especies que antes aprendió sobre la sospecha, o que eldemonio le hable por el pacto que en él se incluye por lo menos tácito en esta ocasión, luego condena al indiciado por la sospecha, la cual publica luego que sale de la embriaguez, que de ordinario es uno o dos días, áunque tal vez queda aturdido por muchos, y aun loco de todo punto; con esta sentencia quedan las guerras publicadas entre la parentela del enfermo con el sospechoso del hechizo y su parentela; y sobre esto queda el odio y rencor tan asentado que de experiencia me parece puedo juzgar que sólo Dios o sus particularísimos auxilios bastará a desarraigarlo, y lo que peor es, pasa y lo heredan los hijos y nietos, y es un inconveniente mayor de marca para la salvación de estos miserables.

De este género han pasado por mis manos muchos casos, y en algunos de ellos ha sido necesaria intervención del Santo Oficio, por mezclarse en ellos otras naciones como españoles, mestizos, negros y mulatos, porque en tales sospechas a nadié perdonan. Y también los que comunican mucho los indios, especialmente siendo gente vil, fácilmente se inficionan con sus costumbres y supersticiones, como me sucedió en el partido de Tepequaquilco con Agustín de Alvarado, mulato, que sospechando lo había enhechizado un indio alcalde de Mayanata, >usó de esta superstición y con ella confesó su sospecha y todo salió a luz, porque como tienen por asentado que el tal enfermo no puede sanar sino por voluntad del que le hechizó, el mulato pidió al indio alcalde lo sanase, o aclamaría al pueblo contra él y le publicaría por hechicero. El indio alclde, ignorante del caso y admirado de la culpa imputada, acudió a la justicia, con que se descubrió todo el enredo y la abusión, y el Santo Oficio conoció y procedió contra el dicho mulato.

También si en el lugar de el enfermo se dice que alguno es hechicero, y el enfermo no tiene particular causa para culpar de su enfermedad a otro, sin más prueba embiste con el presumido hechicero, y ante todas cosas le hace y supone hechor, y luego le pide se aplaque su ira y enojo, y le cure; si el acusado del delito niega, luego va el enfermo al refugio del ololiuhqui de la manera que arriba dije. Así sucedió de hecho en el pueblo de Tlaltiçapan con una india que allí enfermó, y no teniendo ocasión para culpar de ella a alguno en particular, por hablillas del pueblo sospechó de un don Juan Bautista con quien ella jamás había tenido enemistad ni encuentro, y confirmando su sospecha con la infernal superstición del ololiuhqui, se les han seguido grandes enemistades, odios y rencores que hoy duran, y aún durarán con otros muchos inconvenientes que siempre acompañan semejantes enojos.

ambién usan de esta bebida para hallar cosas hurtadas, perdidas o que no saben donde están, y para saber quién las llevó o hurtó, que acudiendo al ololiuhqui como en el caso primero, afirman por certísimo y evidente lo que en el tiempo de la embriaguez revuelven en su imaginación, o el demonio, padre y principio de todo engaño les hace creer y entender, y aunque después la experiencia les muestra el engaño no basta para que salgan de aquella ceguedad, cautivos de sola una vez, que entre mil, el demonio les hizo acertar en el pronóstico, y esto cada día lo experimentamos, porque con la vil guarda de las casas y hacienda de estos miserables, y la grande inclinación que siempre personas viles tienen al hurto, y lo mucho que incita la poca guarda con la ocasión, porque muchísimas veces quedan las casas desiertas de todo punto, suceden muchos hurtos, y ellos son tan desventurados que por viles que sean las cosas que les hurtan, luego consultan el ololiuhqui, y con ser tantos los hurtos se hallan rarísimas veces y sin embargo se están pertinaces y ciegos en su error.

Cuando se le ausenta la mujer al marido o el marido a la mujer, también se aprovechan del ololiuhqui, y en este caso obra la imaginación y fantasía también, y aun mejor que en el caso de las enfermedades, porque en este segundo caso siempre acompañan conjeturas que son causa de más vehemente sospecha, y así obra con mayor fuerza al tiempo de la embriaguez, pues bien se ve que se seguirá persuadido uno, que otro le llevó la mujer o robó la hacienda: de este género referiré aqui algunos casos solo para que sirvan de ejemplares, porque nunca acabaría si quisiese referir la décima parte de los casos de este género. De la manera que tengo referido de los llamados médicos, entre los indios hay otro género que llaman tlachixqui, que en castellano suena lo mismo que profeta o adivino, a éstos, pues, acuden con sus aflicciones a los que les falté la mujer o el marido, o les han robado la hacienda, para saber dónde está y quién llevó lo uno o lo otro, como acudió Saúl a la pitonisa apretado de los filisteos y en tal para ello.

Al fin estos tales profetas, para tales adivinanzas usan del ololiuhqui o del peyote, en la forma que queda dicha; luego dicen que se les aparece un viejo venerable que les dice que él es el ololiuhqui o el peyote, y que viene a su llamado para ayudarles en lo que le hubieren menester; luego preguntado por el hurto o por la mujer ausente, responde dónde y cómo la hallarán.

Así sucedió en provincia de Chietla, del obispado de Tlaxcala, que habiéndosele huido su mujer a un indio natural de Nauituchco y cansado el indio de buscar la mujer, acudió por último refugio al ololiuhqui, y según declaró después ante el padre fray Agustín Guerra, religioso águstino y buena lengua, habiendo bebido aquella mala bebida se le apareció aquel viejo que dijo ser el ololiuhqui y venía a socorrerle; el indio dijo: "que su pena era no saber de su mujer ni dónde la hallaría"; respondió el viejo: "no te dé cuidado que presto la hallarás, ve mañana al pueblo de Ocuylucan y ponte enfrente del convento a tal hora, y cuando veas entrar en el convento un religioso en un caballo de tal color, ve luego a tal casa y sin pasar del zaguán de ella, busca tras la puerta que alli la hallarás;" salido el indio de la consulta y embriaguez, fue al pueblo que había diez leguas de camino, púsose enfrente del convento y sucedióle lo que el demonio le había dicho, halló la mujer trás la puerta señalada, trujola a su casa donde la miserable aquella noche se ahorcó; para esto anduvo el enemigo tan solicito, y hecho todos sus cartabones; y como tan gran filósofo, caso bien las contingencias para aquel desastrado suceso.

A este tono le sucedió a otro que en la misma materia, consultado el ololiuhqui y a la verdad del demonio, respondió que en tal pueblo a tal tiempo de la feria que acá llaman tiangues, se pusiese en tal paraje y de contino mirase tal calle, que por ella vería a su mujer; y así sucedió y de estas maneras son las respuestas acertando o errando, y si hierran, atribuyen los desdichados el hierro a culpa suya diciendo que por talo tal cosa enojaron al ololiuhqui, y que no barrieron o que no sahumaron bien el aposento donde lo bebieron, o que entró o ladró algún perro, o tal cosa con que el hierro queda disculpado.

Lo mismo es para cosas perdidas o hurtadas, como sucedió en las Amilpas, con un falso profeta de estos, que dijo fuesen a tal hora, a tal camino, y lo hallarían a tal sombra de un árbol de tal género, y en efecto sucedió así, que siendo un macho sobre lo que se preguntaba, fue el dueño al árbol señalado y lo halló a la sombra de él.

Un acierto de estos escapa y excusa dos mil hierros, y del acierto quedan estos desdichados tan engolosinados que ningún desengaño basta para que vuelvan en sí y se reduzcan al conocimiento de la verdad, antes por el contrario, suele el demonio en aquellas sus apariciones mezclar algo de nuestra sagrada religión, con que revoca su malicia y da color de bien a tan gran maldad como se verá en este caso:

En el pueblo de Iguala, haciendo yo pesquisa de estos delitos por orden y mandado del ilustrísimo señor don Juan de la Serna, arzobispo de México, el año pasado de seiscientos y diez y siete, prendí una india llamada Mariana, sortílega, embustera, curandera de las que llaman tícitl; esta Mariana declaró que lo que ella sabía y usaba de sus sortilegios y embustes, lo había aprendido de otra india, de Mariana su hermana, y que la dicha hermana no lo había aprendido de persona alguna, sino que le había sido revelado, porque consultando la dicha hermana al ololiuhqui sobre la cura de una llaga vieja, habiéndose embriagado con la fuerza de la bebida llamó al enfermo, y sobre unas brasas le sopló la llaga, con que luego sanó la llaga, y tras el soplo inmediatamente se le apareció un mancebo que juzgó ser ángel y la consoló diciéndole: "no tengas pena, cata aquí, te da Dios una gracia y dádiva porque vives pobre y en mucha miseria, para que con esta gracia tengas chile y sal, quiere decir, sustento: curarás las llagas, con sólo lamerlas, y el sarpullido y viruelas, y si no acudieras a esto morirás"; y que tras esto estuvo el dicho mancebo toda la noche dándole una cruz, y crucificándola en ella y clavándole clavos en las manos, y que estando la dicha india en la cruz, el mancebo le enseñó los modos que sabía de curar, que eran siete o más exorcismos e invocaciones, y que tuvieron quince dias continuos luz donde estaba el enfermo de la llaga dicha: debió de ser en veneración de la cura y del portento.

Con estas quimeras, ficciones y representaciones diabólicas, que el demonio les pone en la imaginación, se hacen estimar por hombres casi divinos, dando a entender que tienen la gracia de los ángeles, por cuya dispensación merecen has cosas temporales que ellos comprenden debajo de los nombres de chile y sal, y así los tales embusteros no viven de otra cosa más que de estos embustes, usurpando lo de el evangelio: dignus etenim operarius mercede sua, que en esto también el demónio pretende más vislumbres, o por mejor decir, hace unas sombras a las resplandecientes luces del evangelio.

Aquí es mucho de advertir, lo mucho que estos desdichads nos ocultan esta superstición del ololiuhqui y la razón es porque según ellos confiesan, el mismo consulta les manda que no nos lo manifiesten, bien conoce que en ello arriesga el logro de sus pretensiones en nuestro daño, y los miseros indios son tan pusilánimes y tan flacos en la fe, que creen que si lo manifestasen, el mismo ololiuhqui los mataría o les haría otros muchos daños, y así es sú excusa: ipampa amo nechtlahueliz, que es como si dijesen, porqué el ololiuhqui no se declare por mi enemigo.